jueves, 18 de octubre de 2012

Vida

Hacía frío.
Agotado después de un largo día por fin se encontraba a su lado. A pesar del cansancio, no puedo evitar hacer algo que ya se había convertido en una costumbre de cada noche. La rodeo con sus brazos y se quedo mirando como dormía en silencio. El calor que producía su piel desnuda con el contacto de la suya, era todo lo que creía necesitar en ese momento. Cada vez que la miraba no podía evitar pensar que cada día que pasaba estaba más hermosa. Acercó con delicadeza su boca a su cuello y lloró en silencio, por ella, y por lo que sería de él. 
De repente cientos de gotas chocaron con fuerza la ventana acompañadas de un majestuoso trueno. La habitación se iluminó momentáneamente de tonos azulados y sin quererlo, un recuerdo pasó por su cabeza recorriendo todo su ser. 

Acababa de salir de clase, el cielo estaba nublado y empezaba a chispear. Se maldijo a si mismo por no haber cogido el paraguas antes de salir de casa, y a la vez que corría, cogió uno de sus libros y se lo colocó sobre la cabeza. De repente, sintió como algo se le echaba encima y le hacía caer al empapado suelo. Mosqueado y avergonzado intentó levantarse rápidamente pero algo se lo impedía. Tras tranquilizarse, fue consciente de que un largo cabello castaño cubría su pecho y al incorporarse lentamente, quedando sentado en el suelo, un dulce aroma nubló todos sus sentidos e inconscientemente acercó su nariz a la fuente de ese olor a fruta silvestre, a la enorme cabellera color otoño. Pero justo en ese momento, la cabeza a la que pertenecía la melena se alzó, golpeando fuertemente su nariz. A pesar del dolor que sentía, parecía estar en el cielo contemplando la criatura más bella que había visto jamás. En el momento en el que sus ojos azules, se toparon con los ojos llorosos color aceituna de ella, sintió como si estuviera flotando, haciendo que hasta su corazón se olvidara de latir. Y se paró el tiempo y todo el universo con él, y sus miradas traspasaron todas las barreras, podía sentir como era la mujer que había habitado sus sueños cada noche desde que tenia uso de razón, a pesar de que era la primera vez que veía su rostro.
-Lo siento muchísimo, me tropecé y...  oh de verdad, ¡cuánto lo siento!
No pudo articular palabra después de escuchar su voz angelical. Se acercó a su rostro, le secó las lágrimas con un pañuelo y tras recoger todos los apuntes que habían sido esparcidos por el suelo, la ayudó a levantarse y sin pensárselo dos veces, la abrazó y le dijo al odio que todo estaba bien, que no se preocupara. 
 Recordaba como se habían despedido sin anotar su dirección ni decirse sus nombres, y como al día siguiente, por arte de magia se cruzaron en la consulta del doctor, ambos con una fiebre altísima. Y a pesar de la semana que tuvo que pasar en cama, no cambiaría aquellos minutos tirado sobre el sucio y mojado suelo de la ciudad por nada del mundo. 


El sonido de la respiración agitada de su mujer le hizo volver al presente. 
Desde que le diagnosticaron cáncer de pulmón en una etapa altamente crítica apenas podía dormir por la noche por el gran miedo que sentía y por todas las veces que ella se levantaba con enormes dolores y grandes dificultades para respirar. Los médicos fueron francos con él al decirle que cualquier día podría perderla y ella misma era consciente de que su final estaba cerca. 

Tenía un mal presentimiento, las cosas no iban bien y no podía hacer nada por ella. Le dio unas pastillas  para casos extremos y comprobó los niveles de oxigeno y suero. Iba mal, todo mal, sabía que la perdía, no podía soportar la presión, lagrimas, sollozos, gritos. Su corazón dejaba de bombear sangre, cada vez la notaba más pálida. La abrazó y le pidió que se quedara con él, que no lo abandonara, aún no. Sesenta y tres años a su lado le sabían demasiado a poco para todo lo que aún la necesitaba. No conseguía imaginar su vida sin poder disfrutar de su sonrisa diaria, sin esos instantes en los que solo con su mirada hacía que todos los problemas se esfumaran de la faz de la tierra. 
Sabía que se marchaba, a él también le empezaba a costar respirar, se sentía mareado, todo daba vueltas. Sintió como alzó la mano y como con dificultad le acarició su rostro a la vez que le decía "Te quiero". Y tras un intenso suspiro, su mano cayó sin vida sobre la cama. 
Apoyó su cabeza en el frío pecho de su mujer y lloró sin medida.

Escasos minutos después, sonó el teléfono. Sin fuerza alguna alcanzó a cogerlo y antes de que pudiera vocalizar palabra escuchó la voz eufórica de su hijo decir "¡Ha nacido Marta! ¡Es preciosa papá, igualita a mamá!".
Lloró en silencio, qué feliz le habría hecho la noticia, pensó. Pero a pesar de todo, era sin duda un motivo para seguir viviendo y ser feliz, por ella. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Haz un comentario, comparte conmigo lo que has sentido, qué te ha parecido,algo que mejorar... Será un placer para mi leerlo.