martes, 25 de diciembre de 2012

Las dos caras de la Navidad


Los pequeños copos de nieve se colaban por los agujeros de sus viejos zapatos. Cansado de andar sin parar durante todo el día, volvía agotado junto a su familia. Ese día se había levantado algunas horas antes de lo normal con la idea de disponer de más tiempo para conseguir aquello que tanto anhelaba. Pero a pesar de sus esfuerzos, tan solo había sido otro día más  en el que volvía con las manos vacías.
En la ciudad todo el mundo parecía estar contento, las calles estaban llenas de puestos, cientos de luces alumbraban cada rincón y la gente salía y entraba de las tiendas a rebosar de bolsas, algunos con más, otros con menos, pero todo el mundo compraba al son de la música que se encontraba en cada partícula de aire. Era Navidad.

Hacía 2 años que la gran compañía para la que trabajaba se había visto obligada a cerrar sus puertas debido a la crisis que amenazaba a España con llevarla al caos. Le habían quitado el fantástico chalet en el que vivía con sus 4 hijos hacía 6 meses y ahora su hogar se encontraba en un viejo secadero que un gran amigo de su padre le había cedido a cambio de que sus hijos mayores le echaran una mano en los que haceres del campo.

Pensar que al día siguiente era Nochebuena y que no tenía nada que ofrecerle a sus hijos para llevarse a la boca le partía el corazón.

Después de andar más de 2 horas para llegar a casa, se paró en la puerta y antes de entrar no pudo evitar soltar un par de lágrimas y pensar en su mujer.

Este era el momento que más temía; llegar y decirle a sus hijos que no había habido suerte, aunque pronto todo cambiaría. Posteriormente su hija pequeña vendría, le abrazaría con más fuerza de la que él tenía y con una sonrisa enorme y cansada le diría que mamá les ayudaría desde el cielo.

Y así fue, una vez más.

jueves, 18 de octubre de 2012

Vida

Hacía frío.
Agotado después de un largo día por fin se encontraba a su lado. A pesar del cansancio, no puedo evitar hacer algo que ya se había convertido en una costumbre de cada noche. La rodeo con sus brazos y se quedo mirando como dormía en silencio. El calor que producía su piel desnuda con el contacto de la suya, era todo lo que creía necesitar en ese momento. Cada vez que la miraba no podía evitar pensar que cada día que pasaba estaba más hermosa. Acercó con delicadeza su boca a su cuello y lloró en silencio, por ella, y por lo que sería de él. 
De repente cientos de gotas chocaron con fuerza la ventana acompañadas de un majestuoso trueno. La habitación se iluminó momentáneamente de tonos azulados y sin quererlo, un recuerdo pasó por su cabeza recorriendo todo su ser. 

Acababa de salir de clase, el cielo estaba nublado y empezaba a chispear. Se maldijo a si mismo por no haber cogido el paraguas antes de salir de casa, y a la vez que corría, cogió uno de sus libros y se lo colocó sobre la cabeza. De repente, sintió como algo se le echaba encima y le hacía caer al empapado suelo. Mosqueado y avergonzado intentó levantarse rápidamente pero algo se lo impedía. Tras tranquilizarse, fue consciente de que un largo cabello castaño cubría su pecho y al incorporarse lentamente, quedando sentado en el suelo, un dulce aroma nubló todos sus sentidos e inconscientemente acercó su nariz a la fuente de ese olor a fruta silvestre, a la enorme cabellera color otoño. Pero justo en ese momento, la cabeza a la que pertenecía la melena se alzó, golpeando fuertemente su nariz. A pesar del dolor que sentía, parecía estar en el cielo contemplando la criatura más bella que había visto jamás. En el momento en el que sus ojos azules, se toparon con los ojos llorosos color aceituna de ella, sintió como si estuviera flotando, haciendo que hasta su corazón se olvidara de latir. Y se paró el tiempo y todo el universo con él, y sus miradas traspasaron todas las barreras, podía sentir como era la mujer que había habitado sus sueños cada noche desde que tenia uso de razón, a pesar de que era la primera vez que veía su rostro.
-Lo siento muchísimo, me tropecé y...  oh de verdad, ¡cuánto lo siento!
No pudo articular palabra después de escuchar su voz angelical. Se acercó a su rostro, le secó las lágrimas con un pañuelo y tras recoger todos los apuntes que habían sido esparcidos por el suelo, la ayudó a levantarse y sin pensárselo dos veces, la abrazó y le dijo al odio que todo estaba bien, que no se preocupara. 
 Recordaba como se habían despedido sin anotar su dirección ni decirse sus nombres, y como al día siguiente, por arte de magia se cruzaron en la consulta del doctor, ambos con una fiebre altísima. Y a pesar de la semana que tuvo que pasar en cama, no cambiaría aquellos minutos tirado sobre el sucio y mojado suelo de la ciudad por nada del mundo. 


El sonido de la respiración agitada de su mujer le hizo volver al presente. 
Desde que le diagnosticaron cáncer de pulmón en una etapa altamente crítica apenas podía dormir por la noche por el gran miedo que sentía y por todas las veces que ella se levantaba con enormes dolores y grandes dificultades para respirar. Los médicos fueron francos con él al decirle que cualquier día podría perderla y ella misma era consciente de que su final estaba cerca. 

Tenía un mal presentimiento, las cosas no iban bien y no podía hacer nada por ella. Le dio unas pastillas  para casos extremos y comprobó los niveles de oxigeno y suero. Iba mal, todo mal, sabía que la perdía, no podía soportar la presión, lagrimas, sollozos, gritos. Su corazón dejaba de bombear sangre, cada vez la notaba más pálida. La abrazó y le pidió que se quedara con él, que no lo abandonara, aún no. Sesenta y tres años a su lado le sabían demasiado a poco para todo lo que aún la necesitaba. No conseguía imaginar su vida sin poder disfrutar de su sonrisa diaria, sin esos instantes en los que solo con su mirada hacía que todos los problemas se esfumaran de la faz de la tierra. 
Sabía que se marchaba, a él también le empezaba a costar respirar, se sentía mareado, todo daba vueltas. Sintió como alzó la mano y como con dificultad le acarició su rostro a la vez que le decía "Te quiero". Y tras un intenso suspiro, su mano cayó sin vida sobre la cama. 
Apoyó su cabeza en el frío pecho de su mujer y lloró sin medida.

Escasos minutos después, sonó el teléfono. Sin fuerza alguna alcanzó a cogerlo y antes de que pudiera vocalizar palabra escuchó la voz eufórica de su hijo decir "¡Ha nacido Marta! ¡Es preciosa papá, igualita a mamá!".
Lloró en silencio, qué feliz le habría hecho la noticia, pensó. Pero a pesar de todo, era sin duda un motivo para seguir viviendo y ser feliz, por ella. 


domingo, 26 de agosto de 2012

Volvió.

Dormía, alejada de los ruidos que llevaban convirtiendo su vida en un horrible campo de batalla durante hacía tantos meses ya. Recostada en su cama de agua, de lágrimas, de pesadillas y sollozos, daba vueltas y vueltas tratando de encontrar entre sus sábanas, ya vacías de todo latir, algún suspiro de paz, algún comienzo de un sueño extraviado que llenara aquella noche su triste existir.
De repente, pasó algo inesperado.
Sintió un tacto de seda acariciarle la espalda, lentamente, como alguien inmortal decidido a invertir toda su vida en ello. Dibujaba la línea de su silueta bajando y subiendo, siguiendo el compás de su respiración entrecortada.
Se giró al ser consciente de que realmente alguien se encontraba allí.
Y le vio.
Después de casi un año se cruzaba con sus ojos color miel, color tierra, color chocolate, color dulzura.
Se encontraba perdida en el lugar mas bello del mundo, y sintió que quería permanecer en ella para siempre, en aquella mirada que tanto había anhelado.
Bajó la vista algo mareada y sintió como su corazón dejaba de existir por un instante al ver su boca. Su boca... templo de la locura, sus labios rosados y húmedos que la incitaron a que sus dedos los tocaran con picardía, haciendo que estos quedaran entreabiertos.
Ahora notaba como su corazón resucitaba y luchaba por salir de su pecho.
Él se acercó a ella, repitiendo los mismos pasos con sus labios. Pasó su largo dedo por su labio superior, dejando que su lengua lo mojara lentamente al introducirlo dentro de su boca.
-Te he echado de menos.
Escuchar su voz hizo que se le erizase el vello y soltara un largo suspiro.
Acto seguido, sintió como cogía su cintura con delicadeza y la atraía hacia él.
Se quedaron mirándose el uno al otro mientras sentía que su mundo dejaba de girar.
Quería decirle tantas cosas, tenía la necesidad de pegarle, enfadarse, gritarle... Pero solo alcanzó a decir "Te he odiado tanto..."
Y sus labios se encontraron, como cuando la lluvia penetra la superficie del mar y el viento mueve cada una de las cientos de hojas que forman los árboles.
Sentía como todo su cuerpo abrazaba el alma de aquella persona por la que tantas lágrimas había derramado, y sentía como se encontraba con la suya, cómo se hacían el amor en un lenguaje que solo los sentimientos mas puros son capaces de llegar a entender.
Su piel tostada abrigaba la suya, blanca y delicada. Y se hicieron uno, rodeados de recuerdos, sumergidos en todo lo que habían llevado dentro durante tanto tiempo distanciados.
Salía fuego de sus cuerpos, el deseo sobrehumano escapaba por sus poros, plasmado en los golpes que su cama emitía al chocar contra la pared.
Gemía de placer al pensar que volvía a la vida mientras su lengua viajaba por el cuerpo que albergaba su ser, saboreando los días y sonrisas que le esperaban estando a su lado de nuevo. Las charlas de siempre, las caricias de siempre, los besos de siempre, las discusiones de siempre, las reconciliaciones de siempre...
Llegados al éxtasis, se abrazaron y sus miradas se volvieron a cruzar, a la vez que su voz rompió de nuevo el silencio para decir "Te amo, te amo mi vida, siempre te amé".
Y yo, y yo... Deseaba decir. Pero no podía, no le salia la voz. Presa del pánico se enderezó sobresaltada y tras aspirar una fuerte bocanada de aire, por fin, pudo soltar un suave y casi insonoro "Yo también".
Pero él ya no estaba allí.
La luz se colaba en su habitación por las rayitas de la persiana, dando la impresión de que se encontraba de nuevo en la misma cárcel de siempre. Sola, en su cama, acompañada únicamente por el silencio, el sudor de sus sábanas, sus recuerdos y una lágrima que le recorría la mejilla. 


                       

domingo, 3 de junio de 2012

Restos del naufragio


Que difícil me resulta esperar algo del tiempo que sepulcra mis latidos.
Cuantos sentimientos han sido ya escupidos por tu lengua de serpiente, en mi mente diferentes.
Manos del olvido de la cordura, violaron la cerradura que escondía mi latir.
Herido ha resultado el movimiento que has perdido buscando en folios la salida de su bucle del odio.
Todo instante de sollozo fue tranformado en el gozo de sus días. Nace en mi mirada el agua que le da la vida.
Noches con mil estrellas, pero sin encontrar mi luna, paso. Deseo volver a aquella cuna de nanas y nadas.
Vuelo cuando nado en la infinidad del mar y olvido que nadie le podrá encontrar ya.
Amanece en otro lugar, no encuentro tu olvido, porque... ¿Quién es él?
Nazco de nuevo y las golondrinas de otros ojos me socorren del naufragio.
Colinas de colillas me aguardan a lo lejos.
LLego a su orilla a ciegas, encontrando lo buscado que por nadie fue acordado.
Yagas en mis ojos haya, calla con palabras resguardadas por sus labios y mi boca.
Mengua su sonrisa si llueve de mis adentros su recuerdo, que no muere conmigo, pero si muero yo con él.

viernes, 25 de mayo de 2012

Extraños sin motivo aparente


Y hoy te escribo esto porque es uno de esos días que solo veo puntos de color tras mis ojos nublados. Uno de esos días que mis lágrimas hacen invisibles las razones por las que sonreir, todas estas parece que se fueron contigo. Es uno de esos días que lleno mi cama de cenizas al no poder llenarla con nosotros siendo uno. Un día de esos que la simple idea de envejecer sin rozar tu piel cada noche la mia, me podruce pesadillas y ganas de acabar con algo que me cuesta aceptar como vida desde que no estás. Juro que me esfumaria con el humo del cigarro para arroparte cada amanecer de invierno. Dejamos de existir en el momento que nos hicimos dos, y tú siempre fuiste uno. Hoy es uno de esos días que mis latidos contradicen a mi alma, que no miento si te digo que de mi corazón solo queda el esqueleto.

¿Sabes? Se me escapó el miedo a pasear por callejuelas oscuras y abandonadas de vida, a dormir en lugares sin luz y a quedarme a solas con otros brazos. No temo a nada ni nadie, porque no puedo perder ya algo que me hizo salir de las sombras y que se fugó con ellas.

Sigo siendo la niña que conociste un día de verano, la misma mas siete años y una capa infinita de hielo. Porque pasé de habitar en un bosque a quemarlo con fuego, posteriormente congelado y ahora... a no tener corazón en la oscuridad.

Sé que no encontraría jamás al chico del que me enamoré. Sé que sin parar el tiempo, nunca tendría vida suficiente para decirte todo lo que fuiste. Y sé que nos volveremos a ver, siendo otro tú y otra yo.Pero quien sabe, quizá esos dos se encuentren en el mismo latido  y en la misma mirada en la que todas las vidas anteriores se han enamorado.

Negro Mar


¿Dónde está tu pelo? Que las yemas de mis dedos lo echan de menos.
¿Hacía donde van tus pasos que se llevan mi vida?
Dejaste todo en llamas y marchaste sin resurgir las cenizas.
 Esquivas mis miradas que se pudren en la luna,
y sube la marea si la lleno de recuerdos.
Se funden mis látidos al compás de tus adiós,  marcando el ritmo va sangrando mi razón.
El colchón flota sobre deseos que aun tenemos, pero ya es invierno, y el sol no recuerda lo que vió.
Sumergida en tus besos padecidí bajo las olas de las horas que pasamos a solas.
El único faro que me guiaba se fundió hace tiempo, pasan lentos los segundos en esta angustía con sabor a sal.
Solo escucho a la muerte que aún no sabe si dejarse llevar, mis latidos invisibles le hacen pasear hacía el manjar que ya a nadie le podrá saciar.
Deambulo por el mar y confundo las estrellas con su brillo.
Sácame que me ahoga esta saga de lágrimas y me hiela la inocencia que pisamos con la suela del tiempo que ya perdimos.
Seca mi vida gris y mójala de vida, que ya no quiero habitar mas este negro mar de dudas.